Dulce Engaño: Cristina Burns
Comisaria: Andrea García Casal
Colores saturados y brillantes adornan, de un modo u otro, algunos alimentos de
nuestra contemporaneidad. En este contexto, los colorantes son aditivos alimentarios
que sirven para hacer a un alimento más atractivo y, por tanto, más apetecible. 
Sin embargo, tiende a ocurrir que los colorantes más chillones y artificiales tiñen aquellos
alimentos que son innecesarios a nivel nutricional, con el propósito de captar nuestra
atención y animarnos a consumirlos. Estamos hablando, especialmente, de alimentos
con el azúcar como ingrediente principal o cuya presencia es relevante en su
composición; es decir, aquellos con un sabor dulce. La Organización Mundial de la
Salud recomienda que la ingesta diaria de azúcares libres sea inferior al 5% respecto a la ingesta calórica total, pero nunca debe superar el 10 %. Partiendo de que hay muchos alimentos los cuales contienen azúcar de por sí, por ejemplo, las frutas y
algunas verduras, lo más frecuente es superar la cantidad diaria recomendada a través
de los azúcares añadidos y de los alimentos conformados esencialmente por azúcar.

Los colorantes, los más extravagantes y antinaturales, suscitan inconscientemente el
consumo de las chucherías, tiñendo alimentos que, de por sí no se comerían porque no
parecerían atractivos. A priori, no probaríamos con tantas ganas un caramelo o
gominola si solo tuviera su color natural, ya que sería blanquecino, pero el color es un
artificio, un engaño, para embellecer el producto. Una vez degustado, su sabor
potente y empalagoso se hace un hueco importante en nuestro paladar. Es fácil
sucumbir al azúcar y más aún al azúcar coloreado intensamente.

Pensando estas cuestiones detenidamente, no resulta normal tomar un helado de
color azul, pues el azul se presenta en poquísimos alimentos de forma natural, ni
tampoco probar una tarta que tiene estampados impresos en su superficie, por
ejemplo, los que decoran algunos postres infantiles. Sin embargo, la apariencia de
estos alimentos resulta tan vibrante que nos hace probarlos. Sustancias naturales o
artificiales pintan aquellas comidas que más adicción crean; las dulces. Los colorantes
provienen de insectos como la cochinilla (ácido carmínico, E120), del petróleo (azul
brillante FCF, E133 o la azorrubina, E122) o de minerales (dióxido de titanio, E171,
actualmente prohibido en Europa en alimentación, aunque todavía usado en ocasiones
de manera fraudulenta). Pese a su origen inesperado o extraño, a veces asociado a lo
abyecto y a lo no comestible, los colorantes se ubican en una gran cantidad de
alimentos.

Cristina Burns nos muestra cinco series artísticas (Delusional Parasitosis, 2015; Sugar
and Proteins, 2015; Future Generations, 2018; Melted, 2018-2020 y A New Planet,
2020-2024), en total veinte imágenes digitales impresas en lienzo, caracterizadas por
un colorido mixto y vivo, que apela a la mirada del público, queriendo establecer así un

nexo primario, inconsciente, con el colorido de los dulces que tanto nos embelesa. Un
recurso, por cierto, habitual en la historia del arte occidental, que nos lleva a la
controversia entre la primacía del dibujo o del color, recordando específicamente la
disputa entre poussinistas (dibujo) y rubenistas (color), siendo Roger de Piles uno de
los teóricos y pintores que apoyaban a Peter Paul Rubens, afirmando que los colores
artificiales (los de la pintura) son los más adecuados porque sirven ‘’para engañar a la
vista’’, en vez de dar mayor relevancia al dibujo.

De ahí que hablemos de un dulce engaño en esta exposición artística. De un colorido
que nos hace enfocarnos en las obras para ir descubriéndolas lentamente. El azúcar,
sin duda, es un protagonista palpable y se encuentra en el trasfondo de toda la
exposición. La artista lo utiliza como eje temático, aunque a veces está implícito, y
juega con el azúcar para investigar acerca de la mala alimentación, pero también sobre aquello que consideramos sano e insano, sabroso y asqueroso, comestible e
incomestible, y la fina línea que separa estos elementos de las tres dicotomías, la cual
fácilmente se quebranta, uniéndolos. El bodegón es el género artístico (un género
artístico se vincula a la pintura, pero por extensión, también a la fotografía, grabado,
ilustración digital, etc.) predominante en la exposición, no solamente porque es el que
mejor aborda los asuntos relacionados con la alimentación, sino debido a que ha sido
el género más devaluado en nuestra historia del arte, una vez el teórico del arte André
Félibien lo posicionó como el último en el siglo XVII, por debajo de todos los demás
géneros artísticos (a grandes rasgos, la alegoría, la historia, el retrato y el paisaje) y
esta tesis se revitalizó desde la vigencia de la Edad Contemporánea. Por tanto,
asimismo se quiere rendir homenaje a un género normalmente menos trabajado en la
actualidad, más aún al tener que competir con numerosas, diversas y complejas artes
visuales.

Regresando al asunto que nos ocupa, las obras de Cristina Burns están principalmente
pobladas por dulces de toda clase, ya sean golosinas, pasteles o bollos que comparten
espacio con motivos chocantes, haciendo hincapié en los insectos. No son los únicos,
pues habitando las imágenes hay otros animales como anfibios y reptiles, al igual que
se muestra casquería, juguetes, figuras de porcelana, elementos metálicos, rocas, etc.
Cabe señalar que los elementos que parecen alimentos o seres vivos resultan artificios;
están hechos de plástico. Las dicotomías entre lo sano y lo insano, lo sabroso y lo
asqueroso se cuestionan cuando se menciona el alto contenido de proteínas de los
insectos, los cuales están fuera nuestra dieta europea y se confrontan con los dulces,
no pudiendo encontrar alternativas aquí que sean tanto deliciosas como saludables,
quedándonos en la malnutrición por carencia de opciones plausibles. No obstante, sin
saberlo, no somos conscientes de que ingerimos, de un modo sutil, insectos mediante
los colorantes, pues sin extraer el pigmento de la cochinilla del carmín, no es posible
elaborar el colorante ácido carmínico que tiñe de rojo caramelos, gominolas o postres,
entre la infinidad de usos que tiene. Si bien se intenta hacer ver que nos comemos un
pigmento, su origen animal y concretamente asociado a los insectos es irrefutable. No
está de más saber que el ácido carmínico no es apto para personas veganas debido a
esto.

Por tanto, se produce un choque entre lo que consideramos alimento y lo que no, pero
los insectos sí tienen un consumo establecido desde antiguo en determinadas culturas
y amplios continentes como Asia, África y América, exceptuando las zonas de mayor
imposición de Occidente, al estilo de Estados Unidos y Canadá. Comer insectos en
Occidente y particularmente en Europa no suele resultar una alternativa apetecible,
pese a que son saludables. En la Unión Europea se les califica como nuevo alimento y
se ha permitido su uso culinario en los últimos años, aunque muy restringido en
cuanto a variedad de insectos.

Sin embargo, lo que resulta sano e insano, sabroso y asqueroso, también oscila a lo
largo de la historia e incluso varía de unas décadas a otras y de un territorio a otro.
Especialmente, la segunda cuestión, puesto que el consumo de casquería, por poner
un ejemplo, era más habitual en el pasado, y asimismo no deja de estar más presente
en unas zonas parangonándolas con otras. El hígado o las mollejas son ricos en
vitamina B12; también un corazón de vaca y la sangre cocida, pero esto no tiene por
qué hacerlos alimentos apetecibles. En relación con esto, la obra Renfields Syndrome –
Vampirism (serie Delusional Parasitosis, 2015) juega con la noción de vampirismo
clínico, pues hay un vaso de cristal repleto de sangre presente en la composición. Al
tratarse de compulsión por consumir sangre humana, se habla aquí de una psicopatía.
No obstante, la sangre animal puede servirnos de alimento. Finalmente, Burns incluyó
referencias explícitas al consumo de cerebro (obra Sugar and Neurons, serie Delusional
Parasitosis, 2015), marcando un punto de inflexión interesante entre aquello tan
saludable como repulsivo. ¿Es mejor comer insectos o vísceras? ¿Tal vez apostemos
por los dulces en medio de tan nauseabundos ingredientes?

La dicotomía entre comestible e incomestible, con el trasfondo de lo sano e insano,
asimismo resulta palpable en la exposición de Burns. Una persona alimentándose de
un plato repleto de piedras y bebiéndose un vaso con clavos y tornillos (obra The Fear
of Choking, serie Delusional Parasitosis, 2015) es la máxima expresión de algo que no
se puede hacer sin suponer un riesgo letal. No mucho más seguro es comerse muñecos
de porcelana (obras de la serie Sugar and Proteins, 2015). Sin embargo, Burns exhibe el
caso con la intención, asimismo, de enseñarnos que quizá comer rocas, piezas
metálicas o adornos cerámicos no dista tanto de la realidad. Por un lado, debido a que
algunos colorantes, mencionando aquí el dióxido de titanio, provienen justamente de
minerales (en este caso, la ilmenita), cuestionando la idea de qué tan comestible o no
resulta consumir determinados elementos convertidos en alimentos. Por el otro, a
causa de que lo considerado saludable o no ha ido cambiando a lo largo de los siglos.
En la Edad Moderna se consumió cerámica con la creencia de que tenía beneficios para
la salud y para la apariencia estética de las personas, sobre todo las mujeres, debido a
la cultura patriarcal. Se trata de la bucarofagia. La bucarofagia consistió en comerse
pequeñas piezas de cerámica, en forma de tabletas o de búcaros (de ahí su nombre),
pero como la cerámica es un material sólido inorgánico, así que tiene consecuencias

nefastas para la salud. Aunque resulte irrisorio, lo mismo que se practicó la
bucarofagia el siglo XVII, la alimentación actual, bien se sabe, tiene también sus pros y
sus contras. Burns aborda estas cuestiones relacionadas y las visibiliza en algunas de
sus obras, pues los trastornos alimentarios le preocupan sobremanera, ya que una
persona anoréxica o con tendencia a los atracones de comida siempre tiene una
relación ficticia y fatídica con la comida, no real y dichosa. Asimismo, aborda algunos
trastornos mentales basados en filias y fobias que enlazan de un modo u otro con el
acto de ingerir. Por ejemplo, hay una doble lectura en The Fear of Choking (serie
Delusional Parasitosis, 2015), pues significa tener miedo a la asfixia, y le sucede a
algunas personas las cuales temen poder atragantarse por consumir determinados
alimentos, aunque muchas veces no hay una razón concreta detrás.

Asimismo, en las obras retratísticas que nos ofrece (serie Melted, 2018-2020), las
únicas que rompen con la unidad del género del bodegón, muestra rostros alterados,
con el aspecto de caramelos derretidos, aludiendo a una visión del yo distorsionada, la
cual es fruto, en parte, de una alimentación con un rumbo confuso. Vinculado a esta
idea, hay un guiño a René Magritte y su desconcertante pieza El retrato (Bruselas,
1935) en la obra Sunday Desserts (serie Future Generations, 2018) de Cristina Burns,
dada la influencia del surrealismo en esta artista.

Las distintas series de Cristina Burns para Dulce engaño entroncan con el arte
figurativo, exceptuando la serie A New Planet y algunas piezas que se encuentran en la
transición hacia esta serie (Melted Candies VI y Alien, serie Melted, 2018-2020; Sweet
Entomology, serie Future Generations, 2018). Su pasión por el surrealismo se observa
en la mayoría de las piezas expuestas, por lo que no resulta baladí citar esta cuestión.
En realidad, lleva a cabo una renovación de dicho movimiento artístico, derivando en
un neosurrealismo muy personal, basado más en la crítica de nuestro tiempo, que
igualmente enlaza con el Lowbrow art, especialmente al recurrir a imágenes
superficialmente agradables por su colorido y forma (análisis preiconográfico), pero
que al profundizar nos resultan chocantes y ajenas (análisis iconográfico).

La exposición se cierra con la única serie volcada en la abstracción, dedicada a mostrar
moléculas (serie A New Planet, 2020-2024); de ahí que Burns apostara por el lenguaje
abstracto para representar lo microscópico. Creando un contraste muy disonante,
estas cuatro piezas son de mayor dimensión respecto a las demás de Dulce engaño,
puesto que se confronta lo micro (moléculas) con lo macro (planetas). Burns concibe
un pequeño y peculiar sistema planetario de ciencia ficción con el azúcar y sus
consecuencias negativas como exclusivos componentes. La pieza Alien (serie Melted
2018-2020) es precursora de esta serie: un extraterrestre es el poblador de los
planetas dulzones.

Colocando esta serie al fondo de la sala de exposiciones, se pretende crear un
ambiente hermético, potenciado por las formas abstractas presentes en las piezas,
cuyo significado solo es posible de entender mediante una explicación externa.
Además, también se dota a la serie A New Planet de características sacras, al ubicarse
al final de la exposición. En este aspecto, hay que vincularla con el arte abstracto de
origen musulmán, tan presente en Andalucía y manifestado sobre todo en la
arquitectura. El mihrab u hornacina orientado hacia La Meca de las mezquitas es la
mejor equivalencia; resulta anicónico. Por otro lado, se trata de un nexo que une la
serie artística en particular y la exposición de Burns en general con el patrimonio
histórico-artístico del territorio, por ejemplo, el castillo de San Marcos en El Puerto de
Santa María, que conserva el mihrab en su interior (con anterioridad a la toma de la
ciudad con la consecuente construcción del castillo, había una mezquita sita en el
mismo lugar).


En definitiva, A New Planet significa la deriva absoluta de la temática de las demás
series, cuyo telón de fondo, si recordamos, siempre es el azúcar. Las tres primeras
obras plasman moléculas vinculadas a los glúcidos, particularmente, azúcares
(Fructose, Sucrose, Xanthan II, serie A New Planet, 2020-2024), que están pintadas de
colores variados y brillantes, pero la última exhibe una imagen abstracta un tanto
grotesca e inquietante. Así, Diabetes Mellitus (serie A New Planet, 2020-2024) es la
obra que cierra Dulce engaño, encarnando la enfermedad homónima, cuya cromática
se oscurece para favorecer su asociación con una cruda realidad, recordando la
importancia de llevar una dieta sana, moderando la ingesta de azúcares, pues siempre
está la amenaza de lo insano que lleva a la enfermedad, independientemente de que
pueda resultar apetitoso (también adictivo) consumir el alimento que desembocará en
un posible y peligroso estado morboso (enfermizo).

Texto de Andrea García Casal para Dulce engaño: Cristina Burns

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